Al oído

al oído

Puse mucha atención cuando el dulce eco de tu voz atravesó la oscuridad en donde a tientas caminaba mi alma. Pero… ¿cómo puede una palabra dar luz? si no se celebra en ella la visión del ciego que vive del trago amargo de una falsa dicha. Tus hermosas palabras venían desde una especie de eternidad en la cual el brillo verbal de este mundo había caducado.

“No temas” te escuché decirme al oído, mientras, sorprendido, me quitaba las lágrimas de encima junto con los artificios de maldad. Entonces comprendí que me había alcanzado el poder de tu misericordia y que habiendo sido no era más aquél que creía debía de ser.

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